Bolaño: Encuentro de historias culturales

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En mi última entrada puse la cita siguiente tomada de la novela 2666 de Roberto Bolaño, escrita durante los últimos años de su vida. No me acaba de sorprender su intensidad, sus maneras de ser interpretada. Debajo de la misma cita  se encuentran mis interpretaciones sobre lo que Bolaño quiso decirnos en este párrafo.

“Ivánov, un escritor de verdad, un artista y un creador de verdad era básicamente una persona responsable y con cierto grado de madurez. Un escritor de verdad tenía que saber escuchar y saber actuar en el momento justo. Tenía que ser razonablemente oportunista y razonablemente culto. La cultura excesiva despierta recelos y rencores. El oportunismo excesivo despierta sospechas. Un escritor de verdad tenía que ser alguien razonablemente tranquilo, un hombre con sentido común. Ni hablar demasiado alto ni provocar polémicas. Tenía que ser razonablemente simpático y tenía que saber no granjearse enemigos gratuitos. Sobre todo, no alzar la voz, a menos que todos los demás la alzaran. Un escritor de verdad tenía que saber que detrás de él está la Asociación de Escritores, el Sindicato de Artistas, la Confederación de Trabajadores de la Literatura, la Casa del Poeta. ¿Qué es lo primero que hace uno cuando entra en una iglesia?, se pregunta Efraím Ivánov. Se quita el sombrero. Admitamos que no se santigüe. De acuerdo, que no se santigüe. Somos modernos. ¡Pero lo menos que puede hacer es descubrirse la cabeza! Los escritores adolescentes, por el contrario, entraban en una iglesia y no se quitaban el sombrero ni aunque los molieran a palos, que era, lamentablemente, lo que al final pasaba. Y no sólo no se quitaban el sombrero: se reían, bostezaban, hacían mariconadas, se tiraban flatulencias. Algunos, incluso, aplaudían.”

Lo que primero me sorprende de estos pensamientos de Efraím Ivanov es que se encuente cinco veces en este párrafo la frase «un escritor de verdad». Esta repetición está en pleno contraste con la única mención de otros autores –aquella de «los escritores adolescentes». Ahora bien, ¿Qué se puede decir de la diferencia entre ‘un escritor de verdad’ y ‘un escritor adolecente’? Yo veo una clara distinción, una jerarquía inegable en la mente de Ivánov.

B72E2945-7A0C-4D5E-8957-57DA9E206263De acuerdo con este texto el escritor de verdad tenía que ser casi igual que todos los otros escritores de verdad. Los parámetros eran muy restringidos. No había mucha libertad de expresarse porque aquellas normas implicaban una estricta uniformidad.

En los años 40 del siglo XX, Ivánov se nos expone pensando lo que le faltaba a él para que tuviera más éxito en su trabajo de escritor. Creía que necesitaba, «El paso decisivo, el golpe de audacia.» En seguida ocupan sus pensamientos el «. . .joven judío Ansky y sus ideas disparatadas, sus visiones siberianas, sus incursiones en tierras malditas, el caudal de experiencia salvaje que solo puede tener un joven de dieciocho años.» De allí Ivánov sigue para despreciar de una manera u otra a unos diez escritores más, que fueran escritores de ficciones, de poesía, o dramaturgos.

Si buscamos el periodo de los autores rusos de verdad, una opción que me llama mucho la atención, es aquello que comienza con Puskin en los años 30 del siglo 19, junto con Dostoyevsky, Tolstoy, Turgenev, Chekhov.

A partir de 1890, la novela y poesía rusas empezaron a mostrar una predilección por el fermento intelectual que incluye el misticismo, ascetismo, neo-Kantianismo, erotismo, marxismo, apocaliptcismo, nietzscheanismo y otras movimientos combinados entre si en maneras improbables.

Me parece que Ivánov se coloca en la época justo después de los autores rusos clásicos arriba mencionados. Aprovechando su analogía del comportamiento en la iglesia, él mismo admite que no se santigua al entrar —‘Somos modernos”.

Para la gran mayoría de los autores de la época, la novela todavía mantenía convenciones de lenguaje y de la representación de ciertas acciones de los personajes. No se escribieron palabrotas o escenas de expresiones sexuales. Esta convención continuó por décadas después de la época de Ivánov, con excepción de los libros pornográficos disponibles en los mercados clandestinos. En aquella época, los escritores de verdad podían contar con el visto bueno de la iglesia cuando éstos no eran prohibidos y se escapaban del Index Librorum Prohibitorum –Libros prohibidos por la Iglesia Católica.

Ivánov decía ‘Somos modernos’, y nos explica este término diciendo que ya no se santigua al entrar en una iglesia. Nos dice que ya no es, según su propia definición, un autor de verdad. Pero no se ha alejada mucho de ellos; son los jóvenes autores que se han roto con todas las normas y reglas de la escritura de verdad. Son ellos quienes no se quitan el sombrero, y después hacen despreciables disrupciones hasta aplaudir y tirar flatulencias.

Este párrafo de 2666 trata el tema de la evolución literaria, hay muchos componentes de las culturas que ha seguido la misma trayectoría: las religiones, al principio del dogma, los ritos  y las creencias propios y a veces exclusivos, una exclusividad que ha sido motivos de guerras y ejecuciones. Casi todas ya han evolucionado hasta que el dogma, las creencias y los ritos carecen de normas. Se podría decir que cada grupo de fieles (¿Files a qué y a quién?) tiene su religión particular. Al pensarlo bien, lo mismo ha pasado en los campos de la música, los componentes de una ‘buena educación’, la ética, la moral, etcétera.

 

La aguja hallada entre un montón de agujas

Hace casi tres años, mi hijo me regaló un ejemplar de la novela más larga que nunca había leído antes. Soy lector voraz, pero solía escoger novelas de 800 páginas para abajo.

La novela regalada abarca 1104 páginas (edición de Vintage Español) y, desde luego, se llama 2666, escrita por Roberto Bolaño. Ya era aficionado a otras obras de Bolaño, cinco o seis novelas de altísima calidad y de las cuales la más larga (Los Detectives Salvajes) mide un poquito menos de 600 páginas.

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Baste decir que al principio este tomo de 2666 me parecía un desafío insuperable. Pero después de haber leído varios relatos e historias sobre esta novela, en junio de este año decidí leerla sin importarme cúanto tiempo me fuera a exigir.   ¡Gracias, mi hijo; gracias, mi esposa; gracias, Roberto Bolaño por haberse unido para que yo pudiera disfrutar este libro tan importante en la literatura mundial!

Tengo mucho que comentar sobre esta novela, así que ésta es la primera entrada qué escribiré al respecto. En total, creo que publicaré unas cinco entradas más, cada una con una perspectiva distinta.

Entre tanto, los dejo con esta cita, que comienza en la página 892 y termina en la 893. En esta época de la novella, Ivánov es un escritor, y nos ofrece este comentario de lo que es un escritor de verdad. Yo encuentro mucho más entre ringlones. Y ustedes, ¿Qué opinan?

Para Ivánov, un escritor de verdad, un artista y un creador de verdad era básicamente una persona responsable y con cierto grado de madurez. Un escritor de verdad tenía que saber escuchar y saber actuar en el momento justo. Tenía que ser razonablemente oportunista y razonablemente culto. La cultura excesiva despierta recelos y rencores. El oportunismo excesivo despierta sospechas. Un escritor de verdad tenía que ser alguien razonablemente simpático y tenía que saber que no granjearse enemigos gratuitos. Sobre todo, no alzar la voz, a menos que todos los demás  la alzaran. Un escritor de verdad tenía que ser alguien razonable tranquillo, un hombre con sentido común. Ni hablar demasiado alto ni provocar polémicas. Tenía que ser razonable simpático y tenía que saber no granjearse enemigos gratuitos. Sobre todo no alzar la voz, a menos que todos los demás la alzaran. Un escritor de verdad tenía que saber que detrás de él está la Asociación de Escritores, el Sindicato de Artistas, la Confederación de Trabajadores de la Literatura, la Casa del Poeta. ¿Qué es lo primero que hace uno cuando entra en una iglesia?, se pregunta Efraím Ivánov. Se quita el sombrero. Admitamos que no se santigüe. De acuerdo, que no se santigüe. Somos modernos. ¡Pero lo menos que puede hacer es descubrirse la cabeza! Los escritores adolescentes, por el contrario, entraban en una iglesia y no se quitaban el sombrero ni aunque los molieran a palos que era, lamentablemente, lo que al final pasaba. Y no sólo no se quitaban el sombrero: se reían, bostezaban, hacían mariconadas, se tiraban flatulencias. Algunos, incluso, aplaudían.

LOS HUEVOS DE PASCUA QUE NOS BRINDÓ ROBERTO BOLAÑO

Y seguimos con Bolaño. Continúo el comentario que empecé en mi última entrada.

Con excepción de Pong, nunca en la vida he jugado videojuegos.  Lo poco que sé es debido a haber oído a mis hijos hablar de ellos.  Un aspecto que intensifica el entusiasmo de los jugadores son los  huevos de Pascua (inglés: Easter Eggs), una suerte de premios que los creadores de los juegos encastran en el software para que los jugadores astutos puedan sacar más provecho de su juego. Son difíciles de encontrar e identificar; parecen poca cosa, pero aguardan la posibilidad de más horas de diversión.

Sin duda Roberto Bolaño nos deja varios huevos de pascua en su novela Los sinsabores del verdadero policía (Anagrama, 2011). Primero, revisemos el contexto del autor durante el desarrollo de esta novela. Es fascinante la carrera de la creatividad artística contra el tiempo que exponen los últimos años de su vida. Bolaño  comenzó a escribir esta novela en 1985, pero no la había acabado antes de su muerte en 2003. Supo de su grave enfermedad hepática en 1993 y en el anunciamiento del lanzamiento de 2666, otra novela póstuma de Bolaño, la revista Semana nos explica lo siguiente:

Desde que se enteró, en 1993, de que sufría de una grave enfermedad hepática, este chileno se dedicó a escribir contra el tiempo: Bolaño era consciente de que su cuerpo no lo acompañaría hasta donde su fuerza creativa lo podía llevar.

Su afligido cuerpo iba a truncar la plenitud de creatividad que su ser contenía. ¿Cómo habría respondido este dotado autor a tal nueva?

De allí, los juevos de Pascua. Específicamente, en la Parte IV de Los sinsabores del verdadero polica, bajo el título de J. M. G. Arcimboldi, Bolaño interrumpe el flujo de su narrativa para dedicar cuatro breves capítulos a siete novelas escritas por Arcimboldi, un autor ficticio que ya había aparecido en otras obras de Bolaño, inclusive la muy reconocida y premiada 2666.  Segun la historia de este personaje,  Arcimboldi era el seudónimo  de, otro autor ficticio, Hans Reiter, y había ganado fama en el mundo literario y después simplemente se esfumó. No solamente nombró estas novelas, también incluyó  las editorales, fechas de edición, y una reseña de cada una.

Mi pregunta, basada en nada más la corazonada de un lector voraz, es: ¿En qué pensaba  Bolaño cuando decidió incluir tantos detalles de obras inexistentes?

Estamos hablando de un escritor obsesionado por su arte. Para mí es fácil creer que había tenido, en varios estados de desarrollo, ideas y bosquejos para otras obras en el futuro. Pero ya tenía que aceptar que lo poco de vida que le quedaba no fue suficiente para llevar estas obras a cabo. Intentando ponerme en su situación, me hubiera gustado publicar de manera encubierta mis proyectos que ya no era capaz de llevar a cabo , para que siempre quedara duda al respecto. Abajo les dejo un ejemplo citado directamente de esta novela.

El Bibliotecario (Gallimard, 1966, 185 paginas)

El protagonista se llama Jean Marchand. Es joven, de buena familia y quiere ser escritor. Tiene un manuscrito, El Bibliotecario, en el que trabaja desde hace tiempo. Una edirorial en donde es posible adivinar a Gallimard, lo contrata como lector. Marchand, de la noche a la mañana, se ve sepultado bajo de cientos de novelas inéditas. Primero decide postergar su libro. Luego decide abandonar sus pretensiones  literarias (al menos la práctica, si no la pasión) y dedicarse a la carrera de otros escritores. Se ve a sí mismo como un médico en un leprosario de la India, como un monje entregado a una causa superior.

Lee manuscritos, mantiene largas entrevistas con los autores, los aconseja, los llama por teléfono, se interesa por su salud, los presta dinero, pronto hay un grupo de unos diez que puede considerar algo propio, obras en cuya elaboración está implicado. Algunas, pocas, se publican. Hay fiestas y proyectos. Las otras, imperceptiblemente van engrosando una colección de manuscritos inéditos que Marchand guarda celosamente en su casa. Entre esos manuscritos ajenos, su novela El Bibliotecario, inconclusa y perfectamente mecanografiada, bien encuadernada, una belleza entre originales manoseados, borroneados, arrugados, sucios; un manuscrito hembra entre manuscritos machos. [. . .] Su prestigio en la editorial, como no podría ser menos, va en aumento. Ha recomendado la publicación de un joven escritor que es el éxito de la temporada,  [. . .]

Con el tiempo uno de sus escritores se suicida. Otro se pasa al periodismo. Otro, con recursos, escribe una segunda y una tercera novela que sólo Marchant leerá y elogiará. Otro publica en una editorial de provincia. . .

 

Este resumen continúa por una página más, adelantando una trama bolañiana y más detalles que en, su unidad, podrían imaginarse reseña de una novela inédita. Pero recordemos lo que el mismo Bolaño dijo sobre Los sinsabores del verdadero policía:

. . .Ochocientas mil páginas, un enredo demencial que no hay quien lo entienda».

En mi opinión, su reseña de El bibliotecario, novela cuyo registro sólo lo está presente en los textos de Bolaño, nos presenta ese otro «enredo demencial» que realmente quiere tanto despistarnos como ubicarnos. Quien lea esta reseña por completo se enfrentará con una mezcolanza de información que en su totalidad «no hay nadie que la entienda». Es como ir a un restaurante y tener que lidiar con una carta que te restringe a una opción de ensalada de la Columna A, dos entradas de Columna B, o una opción de Columna B y otra de Columna C. Ese imposible seleccionar todo, entonces: ¿Qué incluir? ¿Qué dejar por fuera?

A mí me parece que Bolaño aprovecha la encrucijada de la proximidad de su muerte para tomarnos el pelo; es decir, para dejarnos un legado poco entendible y característicamente demencial.

Creo que le urgía compartir sus ideas sobre futuros proyectos. Pero él mismo no contaba con el tiempo necesario para refinar todas las posibilidades de cada proyecto. Así que nos guiñó y dejó todo, esperando que nadie fuera a divisar los huevos de pascua dentro de los siete batiburrillos indescifrables.

Los dejo con las palabras del mismo Bolaño, refiriéndose a Los sinsabores del verdadero policía:

El policía es el lector, que busca en vano ordenar esta novela endemoniada.

LA ÚLTIMA NOVELA DE ROBERTO BOLAÑO

 

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Roberto Bolaño (1953 – 2003) vía jotdown.es

«Desde hace años trabajo en una (novela) que se titula Los Sinsabores del Verdadero Policía y que es MI NOVELA. El protagonista es un viudo, 50 años, profesor universitario, (con una) hija de 17, que se va a vivir a Santa Teresa, ciudad cercana a la frontera con los USA. Ochocientas mil páginas, un enredo demencial que no hay quien lo entienda».                                      —Roberto Bolaño  1995

¡FELIZ DÍA DEL LIBRO A TODOS!

En honor a este día tan especial para nosotros, les presento algunos comentarios sobre la novela que acabo de leer. La recomiendo sin reservas a todos que no sean disuadidos por los siguientes hechos y observaciones.

Winston Churchill, el Primer Ministro del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, dijo alguna vez, «Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma». En el inglés contemporaneo solemos usar esta descripción independientemente de la política para calificar un asunto como más  que meramente perplejo: por ejemplo, «el universo es un acertijo. . .»

Para mí, Los sinsabores del verdadero policía, una de las novela escritas durante los últimos quince años de la vida de Roberto Bolaño, se alínea sin duda a esta descripción. De hecho, casi todas sus novelas son así y especialmente sus más apremiadas. De ésta última, algunos críticos dicen que carece de cierta credibilidad debido a que el mismo Bolaños no la acabó, tal cual su novela 2666. Dicen que las dos fueron editados postúmamente y de allí no demuestran todos los toques maestros que pudieron haber tenido.

El renombrado editor Jorge Herralde de Anagrama dijo esto sobre Los sinsabores del verdadero policïa:

« [La] lectura de la novela nos convence de que estamos ante una obra de una calidad literaria extraordinaria, en el territorio de ‘2666’ y ‘Los detectives salvajes’, es decir, del Bolaño en su mejor forma».

Bueno, ya he leído ocho novelas de Bolaño (trece, si los cinco partes de 2666 son de verdad cinco novelas, como el mismo Bolaño las denominó) y hay tres cosas que me quedan claras que quiero compartir aquí:

  • Las novelas de Bolaño casi nunca tienen climax. La historia misma es lo que más le importa al lector. Leer sus novelas es como pasear en montaña rusa: la emoción más intensa se siente durante la trayectoria y no cuando el tren para al final.
  • Leer a Bolaño implica pausar, reflexionar, volver a leer y esculcar el texto buscando en vano lo que no se encuentra en ninguna parte.
  • Leer a Bolaño es reirse de cosas insólitas, identificar dentro de ti mismo cierta semejanza con algunos de los personajes, desde los más ejemplares hasta los más abyectos. Siento que comprendo más de la naturaleza humana y que, gracias a estas lecturas, estoy dispuesto a aceptar más de ella tal como es.

Si quieren conocer las obras de Bolaño que siguen una cronología, tienen una historia que mantiene su unidad de principio a fin, y hasta llevan un aire de misterio que se aclara dentro de la misma novela, les recomiendo La pista de hielo (1993) y Nocturno de Chile  (2000).

 

El Gozo de Leer

Si me preguntan, ¿En que consiste una buena obra de ficción?, diría que la mido sobre dos dimensiones: 1) el estilo fluido de escritua que mete al lector en un sueño que nunca sea interrumpido por afectaciones o tropiezos del autor (por ejem. Salon de belleza de Mario Bellatín); y 2) otro estilo más cerebral que detiene el lector a lo largo de su lectura porque llega una frase tan memorable que hay que ponderarla antes de volver a leer lo que la sigue (por ejem. Estrella distante de Roberto Bolaño).

Terminé de leer Éstrella distante esta mañana poco después de desayunar. En el último capítulo el narrador viaja en tren por las afueras de Barcelona con el detective chileno Abel Romero, «uno de los policías más famosos de la época de Allende». Éste comienza a hablar de lo que piensa hacer cuando reciba su considerable pago por el trabajo que los dos  llevan a cabo juntos. Dijo  que sería «empresario de pompas fúnebres», y siguió enumerando las cualidades indispensables del buen director de funeraria. Ahora pasa a lo rentable que puede ser este negocio:

En los ataúdes la ganancia puede llegar a ser del trescientos por ciento. Tengo un compadre en Santiago de los tiempos de la Bridaga que se dedica a hacer sillas. Le hablé el otro día por teléfono del asunto y dijo que de las sillas a los ataúdes hay un solo paso.

Obviamente me eché a reir. A carcajadas primero, pero de golpe las misma palabras me hicieron reconocer mi condición de peregrino sobre esta tierra.

«De las sillas a los ataúdes hay un solo paso.» Concluí con cierta ansiedad que esta frase se realiza más fácilmente en su sentido figurado que en su sentido literal. En el taller, no hay un solo paso que convierta una silla en un ataúd. Dele este trabajo a cualquier carpintero y le dirá que la idea es absurda. Mejor empezar con tablas.

Pero en su sentido figurado, es posible estar sentado en una silla en un momento y estar listo para el ataud en el otro. Ya lo había visto. Sé a ciencia cierta que sucede.

El primer trabajo que conseguí después de graduarme del colegio fue en el departmento del registro de acciones en un banco internacional en todo el centro de Chicago. Un día para almorzar bajé a la cafetería en la planta baja del edificio, pasé por la fila y comencé a llevar la bandeja a una mesa con sillas disponibles. De repente, hubo un ruido, un ruido que no solamente se oía sino también se sentía debajo de los pies sobre el piso de concreto. Un hombre, de camisa blanca y corbata rayada, tambaleaba sobre su silla mientras ésta daba unas vueltas en forma de arco. Después se cayó y dejó de temblar. Todas las personas cercanas formaban un círculo alredador de él, pero a una distancia amplia. Con ganas mórbidas de presenciar todo pero sin suficiente proximidad para ser contagiadas.

La muerte en todas sus formas: temprana, tarde, imprevista, anhelada, inevitable, esperada, reconfortante, espeluznante y más que nada, caprichosa.

«De las sillas a los ataúdes hay un solo paso.» Se ríe primero y se contempla después.

Compulsivamente Rompiendo Moldes

 

 

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El poeta y novelista chileno Roberto Bolaño Ávalos transformó la literatura escrita en español, moviéndola del realismo mágico del boom hispanoamericano al infrarrealismo , movimiento que él mismo denominó real vanguardismo

Denominada como se denomine, la escritura de Bolaño, la cual descubrí al azar, es magnífica.  Sí, puede ser pesada mientras el autor deambula por sus mundos etéreos sin advertirnos su próximo paso. Sin embargo, al lector captado por su prosa infundida ricamente de poesía, no le importan los sucesos inverosímiles o los tiempos que andan en forma de espiral. A mí me deja muchas veces con admiración, ojalá yo pudiera expresarme así. Desearía que pudiese haber dicho esto, por ejemplo:

Uno tiene que conocer gente de todas las clases, a veces es necesario empaparse de realidad.     -Nocturno de Chile, Roberto Bolaño

La escritura de Bolaño te secuestra alegremente en un ámbito fantasmagórico en que, por ejemplo,  un sacerdote del Opus Dei, también crítico de obras literarias, y después de una vuelta por Europa regresa a Chile para enseñalarle al mismo Pinochet los pormenores del marxismo (Nocturno de Chile). Tales cosas extrañas no desconciertan de ninguna manera. Una vez metido en el agumento de cualquiera de sus novelas, Bolaño me hace creyente, rendido al poder de su prosa e imaginación.

Maquetación 1

Bolaño tuvo una vida plagada de contratiempos y enfermedades. En 1968, junto con su familia, se trasladó a la Ciudad de México donde comenzó a escribir artículos para varios medios. Dos años más tarde decidió  regresar a Chile, días después del golpe de estado, y se incorporó a la resistencia. Lo arrestaron y pasó 8 días entre rejas. En cuanto pudo, volvió a México para dedicarse por completo a la escritura.  Se le atravesaron muchas cosas: no tenía documentos, y muchas veces le tocó trabajar en oficios como basurero, descargador de barcos, vigilante nocturno y lavaplatos, entre otros.

En 1993 fue diagnosticado con una condición hepática bastante grave. En lugar de tirar la toalla y prepararse para su eventual muerte, se dedicó aun más a la esctitura. Antes de este diagnóstico Bolaño había publicado dos novelas que no lograron mostrar los mejores de sus talentos. Pero a estas alturas se obsesionó con dejar un gran legado literario,sin dudar en ningún momento que fuera capaz de hacerlo. Consiguió un puesto en la lista de espera para recibir un nuevo hígado, pero no tuvo suerte y falleció el 14 de julio de 2003 antes de que llegara su turno.

Durante esa década desde el diagnóstico en 1993 y su muerte en 2003, escribía cada vez más compulsivamente para lograr su meta autoimpuesta. Gracias a su entrega total mientras se le acercaba la muerte, somos beneficiarios de un cuerpo de literatura invaluable. Gracias,  Roberto Bolaño Ávalos, y que en paz descanse.