¿Qué nos quitamos con cada capa de civilización que nos ponemos?

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Los machiguenga

En el 2008, Mario Vargas Llosa lanzó un nuevo libro de no ficción titulado El viaje a la ficción. El objeto de éste son las obras del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, quien Vargas Llosa reconoce como uno de los fundadores del «Boom» latinoamericano con la publicación en el 1939 de su novela El pozo.

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En su prefacio, Vargas Llosa se pregunta sobre los orígenes de la ficción, de los cuentos y fábulas esparcidos por los contadores mucho antes de que fuera inventada la palabra escrita. En cierto sentido, éste es el destino del viaje a la ficción, un viaje hasta el puro comienzo del arte de entretener a algún público mediante historias inventadas o recontadas por un contador ambulante.

Específicamente, el autor se remonta al año 1958, durante el cual tuvo la oportunidad de acompañar a un grupo de investigadores de la Universidad de San Marcos y el Instituto Lingüístico de Verano en una excursión a conocer la comunidad machiguenga que vivía  cerca de Pucallpa, en la Amazonía peruana. Antes de la llegada allí de los esposos Wayne y Betty Snell en el 1951 la comunidad había vivido sin cualquier contacto con la «civilización». A los Snell les costaron mucho tiempo y paciencia para ser aceptados y después alojados por la tribu.

Lo que me llamó mucho la atención fue el anécdota que contó Wayne Snell a Vargas Llosa sobre los sucesos de una noche de ya hacía años, es decir durante el comienzo de su convivencia con los machiguenga. Vargas llosa relata que:

Advirtió [Snell], de pronto, que cundía una agitación inusitada entre la comunidad. ¿Qué ocurriría? ¿Por qué estaban todos, hombres y mujeres, chicos y viejos, tan exaltados? Le explicaron que iba a llegar «el hablador» [. . .]. Este es el momento de su historia que a mí me quitaría el sueño muchas noches, que cientos de veces retrotraería para volverlo a oír o imaginármelo, que sometería a un escrutinio enfermizo, al que, con sólo cerrar los ojos, imaginaría los meses y años futuros de mil maneras diferentes. [. . .] Lo que él recordaba sobre todo era la unción, el fervor, con que todos lo escuchaban, la avidez con que bebían sus palabras y cuánto se alegraban, reían, emocionaban o entristecían con lo que contaba.

A esas alturas, Snell aún no dominaba la lengua de los machiguenga, así que no pudo contarle a Vargas Llosa la esencia de lo que el hablador hubiera dicho a esa multitud tan cautivada por su mera presencia. Profundizando el tema con Snell, el autor recopilaba pisca a pisca los posibles temas de la presentación:

 «. . .aquel monólogo era un verdadero popurrí u olla podrida de cosas disímiles: anécdotas de sus viajes por la selva, y de las familias y aldeas que visitaba, chismografías y noticias de aquellos otros machiguengas dispersos por la inmensidad de las selvas amazónicas, mitos, leyendas, habladurías, seguramente invenciones suyas o ajenas, todo mezclado, enredado, confundido [. . .] Luego, cuando el hablador partió, en toda la comunidad siguieron rememorando su venida muchos días, recordando y repitiendo lo que aquél les contaba.»

No recuerdo historia alguna, verdadera o ficticia, que me haya conmocionado tanto como ésta. Igual que a Vargas Llosa,  me quita el sueño. Es la prueba de que hemos sufrido una pérdida irreversible, una pérdida autoinfligida sin querer. Los procesos del desarrollo humano como dominar el fuego, pastorear ovejas, cultivar maíz, rodar sobre ruedas y volar sobre alas nos han hecho seres diferentes aunque parezcamos iguales.

Me imagino por allá con Snell, acompañando a los machiguenga en la Amazonía peruana en aquél momento en que corría la voz sobre la pronta llegada del hablador. Los veo en su anticipación cada vez más alborotados, en su delirio afanoso de recibir a este simple hablador. De repente me doy cuenta de que no puedo relacionarme con ellos. Nací igual que ellos pero en seguida comenzaron a ponerme capa sobre capa de una naturaleza creada y no natural, que llamamos la civilización. Envuelto así en estas capas de historia y logros humanos no hay casi nada que me penetre el alma.

No creo que exista la persona cuya llegada esta noche me conmocionaría al nivel alcanzado por los machiguenga. Llega Shakira a tocar mi puerta, llega Barak Obama trayendo la pizza que estoy por pedir, llegan Elvis y Frank Sinatra del más allá para presentarse en el parque de en frente.

¿Y eso qué? La naturaleza artificial está al borde de crear la inteligencia artificial y como consecuencia, nuestro dios artificial. Pronto vamos para Marte. Es una lástima que cuando venga el día en que el ser humano pise Marte no cause tanta conmoción como la que causó el hablador al entrar en el territorio de los machiguenga.

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